INSTRUCCIONES PARA DAR CUERDA A UN RELOJ: ANÁLISIS

 

“Allá en el fondo está la muerte”, así empiezan estas instrucciones. ¿Qué quería decir Cortázar al hablar de la muerte, al hablar de un fondo, de qué fondo quiere hablar, qué fondo le quiere transmitir al lector? Es simple imaginarse, con esa primera frase, un cuerpo anciano, oculto en la oscuridad de una sala, sobre una mecedora de madera roída por las polillas. El anciano no se mueve de ahí, y al fondo se escucha un tic-tac. La muerte está próxima, el tiempo se extingue y, de pronto, se detiene; el anciano toca fondo y ve oscuro.

 

Esta primera frase, abstracta entre rápidas lecturas, juega con la percepción del tiempo personal, el tiempo de cada persona, el tiempo que todos saben, se irá agotando, extinguiendo, carcomiendo un pasado y oscureciendo el futuro; “pero no tenga miedo”, es su siguiente frase, quizá el autor quería darle tranquilidad al lector al ver el comienzo tan fuerte que le acababa de dar a su relato. ¿Por qué no tener miedo? Y luego recuerda estar en el presente, te recuerdas a ti mismo antes de comenzar a leer ésta historia, te calmas, te tranquilizas y dices tener mucho tiempo para vivir; dices tener mucho tiempo antes de tocar aquella profunda muerte oscura que no alcanzas a diferenciar.

 

“Sujete el reloj con una mano, tome con dos dedos la llave de la cuerda, remóntela suavemente”. Y de pronto, un salto a la realidad. Tienes el reloj en tus manos; no sabes cómo llegó ahí. Te entusiasma. Ahora todo es más familiar, ya el tiempo se convierte en un asunto cotidiano que puedes manejar. Antes parecía que te consumía y te angustiaba, tenías miedo de lo que fueras a seguir leyendo; ahora, es sólo algo que puedes moldear, que puedes arreglar a tu antojo porque sin ti, el tiempo no se mueve.

 

Julio Cortázar

Julio Cortázar (Photo credit: Wikipedia)

 

Y a medida que vas dando cuerda al reloj descubres que “se abre otro plazo, los árboles despliegan sus hojas, las barcas corren regatas, el tiempo como un abanico se va llenando de sí mismo y de él brotan el aire, las brisas de la tierra, la sombra de una mujer, el perfume del pan”. Casi como si fueras el rey del universo, te das cuenta que todo comienza a girar. El reloj se mueve y el mundo lo hace a través de él; si se para, pierdes tu tiempo, si sigue dando su tic-tac, se acelera cada vez más y sientes que no haces nada, que no alcanzas a vivir y, entonces, se detiene.

 

¿Qué más quiere, qué más quiere? El reloj está en la hora fija, en la hora precisa, el mundo ha vuelto a la normalidad, ya no hay inconformidades, ni dolor en el estómago, ni pensamientos extraños. El mundo ha vuelto a ser normal, ha vuelto a dar vueltas y a moverse al ritmo inquieto del tic-tac. ¿Te mueres? Más que eso, ya viviste. Cuando Cortázar habla de “las brisas de la tierra, la sombra de una mujer, el perfume del pan” hacía clara referencia al paso de la vida, el hombre se consume en el tiempo y a medida que éste gira, él también lo hace. Puede ser que toda esa enumeración representa las cosas  por las que el hombre va pasando y que lo acompaña el resto de su vida.

 

 “Átelo pronto a su muñeca”, no se separe de él, usted depende del tiempo y él depende de usted; “déjelo latir en libertad”, no se angustie porque se está acabando su tiempo, no se precipite al pensar en él, déjelo que lata, déjelo ofrecerle a usted los segundos necesario para continuar con su vida. El tiempo, no se aferre a él, deje que éste se aferre a usted y “imítelo anhelante” y sin preocupaciones, sólo viva y no se detenga excepto cuando sea necesario, cuando su corazón le impide seguir o cuando su razón necesita un descanso, luego vuelva a dar vueltas con o sin rumbo; reparta momentos alegres, momentos tristes y momentos extraños.

 

“El miedo herrumbra las áncoras, cada cosa que pudo alcanzarse y fue olvidada va corroyendo las venas del reloj, gangrenando la fría sangre de sus pequeños rubíes”. Entonces, las oportunidades que no tomaste, las decisiones que no quisiste, las formas de vida que escogiste, lo que no hiciste, las personas olvidadas, los momentos detenidos, los momentos desperdiciados, los momentos en los que permaneciste sentado, todo eso, te carcome por dentro, y de pronto ya no eres más que un anciano sentado en una mecedora en el rincón más oscuro de la sala. No hay nadie en casa y tú intentas recordar lo que pasó, lo que dejaste atrás. Te resistes.

 

“Y allá en el fondo está la muerte si no corremos y llegamos antes y comprendemos que ya no importa”. No corriste. Quizá el lector se imaginará un accidente, o quizá lo tomará como un personaje con una vida un tanto acelerada. No importa, la gente se suicida, se accidenta, se enferma, pero al final todos mueren. Terminas muriendo de cualquier otra forma, común o poco común y llegas al fondo, al final de todo esto.

 

Ya no tienes miedo, sabes que es natural, que durante todo el transcurso de este cuento tu vida ha sido dibujada, has vivido venturas y desventuras; y entonces, descubres que es suficiente, que lo que no hiciste no podrás hacerlo y lo que hiciste no lo volverás a hacer. Recuerdas cada momento mientras vas llegando al fondo, sientes el tiempo volver a detenerse dentro de ti. Ya no importa, sabes que ha sido suficiente. Te liberas al fin del escalofriante movimiento circular de las manecillas, lo tomas en tus manos y con el pulgar y el índice le vuelves a dar cuerda.

Por: Camila González Plata

 

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